– Relato corto femdom. Mis clases de equitación.

Mis clases de equitación.

Hoy, ya peinando canas, echo la vista atrás. Vienen a mi memoria, no sin cierta nostalgia, aquellos momentos en los que la llegada de forma abrupta a la adolescencia te golpea sin esperarlo.  Los miedos y anhelos que nacen en nuestro interior ante el desconocido y traumático despertar sexual, siguen aún muy presentes en mí.

Recuerdos de horas pasadas, cada fin de semana, en el elitista club de equitación situado en una bonita dehesa y a una hora de camino en coche por aquellas carreteras estrechas, bacheadas y no siempre bien asfaltadas de la periferia de una gran ciudad.

Como iba diciendo, todos los sábados, tras el desayuno y el pertinente viaje en un viejo Mercedes Benz, mi padre me dejaba a las puertas del club de equitación “La Encina”. Tras un portón color blanco pintado a brocha, un sinuoso camino me llevaba a la zona de establos donde me esperaba mi mansa yegua “Luzy”.

 

Luzy era un animal sumamente dócil, algo lenta, pero segura en el salto. Solía cepillarla y peinar su castaña crin con auténtica devoción. Tras ensillarla y colocarle todos los aperos, estábamos preparados para la hora y media de prácticas en los campos de saltos dispuestos en la finca donde se hallaba el club.

Así de dócil y sumiso también era yo, Miguel. Un muchacho ni alto ni bajo, ni guapo ni feo. Nunca destaqué de la media ni tampoco hice ningún esfuerzo por lograrlo. La pubertad me zarandeó sin contemplaciones, cepillando a Lucy, montándola por la dehesa entre encinas y robles, y con la perturbadora presencia de Miss Randalf.

La señorita Randalf era una mujer de mediana edad, no era fea, aunque no puedo decir que fuera realmente guapa. Quizá lo fue en su juventud, pero el paso del tiempo no la había tratado bien. Sus pequeños pero vivarachos ojos negros ya se veían rodeados de tenues arrugas. Sus labios sí me gustaban mucho. Pintados de color carmesí y siempre perfectamente perfilados, bailaban arriba y abajo cuando me hablaba. Sus dientes, algo amarillos por el abuso en el fumar. La recuerdo fusta en mano y un John Player Special de suave aroma prendido en la otra, increpándome:

 

—¡Miguel! ¡Has tenido un mal día! No te concentras lo suficiente.

—Sí señorita  —respondía yo—. Discúlpeme, debo practicar más.

 

Se forjó entre nosotros una relación que podemos definir como de respeto y sumisión. Sin duda yo era su alumno preferido y pese a las continuas reprimendas era algo que ella y yo sabíamos.

Pasados unos meses, una cálida mañana a finales de Abril aconteció un suceso que me marcaría para siempre. Miss Randalf, vestida para montar con sus botas de cuero negro, ajustados pantalones, chaleco claro y chaqueta roja a juego de sus labios, se acerco a las cuadras donde yo solía cuidar a Lucy, mi yegua.

Aquella tarde, cosas de la adolescencia, el destino quiso que sufriera una casual erección. Me encontraba tocándome, tumbado sobre un montón de heno.

 

—¡Qué haces Miguel!¡Por dios! ¡Aquí no! Debes de contener tus instintos —me dijo agarrando el extremo de su fusta con la mano izquierda.

— Lo siento mucho señorita. —le repliqué sonrojado,  intentándome levantar y cayendo de nuevo al suelo con los pantalones enredados en los tobillos, con el culo al aire.

 

Ella se acerco y sin vacilar golpeo mi terso y blanco trasero con su fusta. Al principio sentí dolor, luego una extraño y dulce excitación. Yaciendo sobre la paja solo veía sus botas de cuero negro junto a mi cara y sentía sus azotes como punzadas de placer.

 

—¿Tienes ya bastante o quieres más? —Me dijo con voz firme y expeditiva.

 

Quería más, naturalmente. Mucho más. Quería besar sus botas, que me azotará sin piedad, sentirme humillado por su estricta severidad y ser su sumiso alumno para siempre.

Aquellos episodios se repitieron durante algún tiempo. Ya pasado el verano Miss Randalf dejó el club y yo, como no podía ser de otra forma, mis clases de equitación.

 

L.A