– Relato corto femdom. La corte de la emperatriz.

La corte de la emperatriz.

En algún reino del lejano oriente, en un tiempo ya lejano, reinaba un joven emperador de ojos rasgados, oscura piel para los cánones de belleza de la época, y negro y áspero cabello recogido en la nuca en una corta y recia coleta.

Ántes que emperador, había sido general al mando de las tropas imperiales al servicio del viejo  “chambelán”, durante los inciertos años en los que una cruenta guerra civil asoló el reino. Los pretendientes al trono, sobrinos del difunto emperador muerto años atrás sin descendencia, dirimían sus diferencias y aspiraciones sucesorias en el campo de batalla.

Durante tres largos lustros, nuestro protagonista y su protector, el anciano chambelán, lucharon por el trono imperial sin piedad. Uno con la espada y otro con la intriga. Finalmente, llegada la paz y derrotados los enemigos y rivales, la prosperidad no tardo en florecer en el reino de los cerezos (como así era conocido el país) y en su corte.

En la corte imperial, mandarines y eunucos corrían de sala en sala llevando a cabo sus quehaceres diarios. Unos colaborando en el gobierno, otros asistiendo a esposas y cortesanas. La emperatriz de pálida tez, ojos almendrados y labios rosados como una flor de hibisco, siempre fue la favorita de su amo y esposo. Siempre hasta ahora. Como tantas otras cortesanas de noble familia, hija de un embajador, llego siendo casi una niña a la ciudadela imperial. Allí tuvo que hacer frente a las inquinas e intrigas habituales entre las decenas de mujeres que formaban el harén del emperador. Poco a poco fue haciéndose con su favor y conquistando su corazón, hasta que elegida entre las elegidas, desposó a su señor y se convirtió en emperatriz.

Había pasado ya una década desde entonces. Los primeros hijos llegaron, la tersura de su cuerpo declinó; la edad no entiende de nobleza y su amado esposo comenzó a pasar más tiempo atendiendo a jóvenes cortesanas. Los ruegos y las súplicas fueron desatendidos y las lágrimas pasaron desapercibidas. La tristeza embargó a la primera dama y decidió pedir consejo a su querida y respetada suegra.

La madre del emperador siempre fue una madre para ella y sus consejos sabios y acertados le sacaron de un apuro más de una vez.

 

─Querida madre  ─le dijo─ ¿Cómo puedo recuperar el amor de mi esposo?, se muestra distante y frío y ya no disfruta de mi compañía. Ni siquiera compartimos ya el lecho conyugal.

─Difícil es recuperar al hombre que lo tiene todo ─respondió la reina madre─. No obstante te contaré un secreto. Mi hijo es fuerte, ha matado con la espada, rebanado cabezas y arrancado corazones aún palpitantes con sus propias manos. Pero, hija mía, en el fondo es un calzonazos  ─añadió esbozando una leve sonrisa.

─¿Cómo puede decir eso madre? Jamás vi hombre más valiente y decidido.

─Sí, lo es. Lo uno como lo otro. Pero si lo quieres recuperar hazme caso. Yo te estoy mostrando su cara oculta. Sigue mi consejo al pie de la letra.

 

La sabia suegra le contó todo lo que la emperatriz debía hacer a la llegada de la noche y para ello esta se preparó.

Se despojó de su quimono de seda contemplando su desnudez frente al espejo. Su blanca palidez contrastaba con el negro vello púbico. Se calzó botas como las usadas por la guardia imperial. Vistió holgado chaleco de cota de malla, que dejaba ver sus rosados pezones al trasluz, cinturón de piel de búfalo sobre sus delicadas caderas y espada envainada  al cinto. Su pubis desnudo, negro como la crin de un caballo de las estepas, solo quedaba protegido por una chapa de bronce que colgaba del cinturón. Una tira de cuerda unida a esta por detrás pasaba entre sus nalgas. Armada con fusta y látigo esperó la llegada de su marido.

 

Entrando en sus aposentos, el emperador no creía lo que veía. Sus más íntimas fantasías hechas realidad. Una erección comenzó a dibujarse bajo sus ropajes.

 

─Esposa mía, ¿por qué vistes así como un guerrero?

─Eso no es asunto tuyo ─le respondió tajante la emperatriz─. Póstrate ante mí. ─Y este lo hizo─. Bien, ahora quítate las ropas. ─Y sumisamente aceptó.

Ya desnudo, sometido y desvalido, el valiente emperador lloró a los pies de su amada esposa. Besó sus negras botas mientras era azotado. Gemía de placer entre sollozos.

 

─¡No volverás a ver a tus cortesanas! ¿No es así mi amado esclavo?

─Así sera mi emperatriz.

Los repetidos golpes con la recia fusta iban tiñendo de rojo el robusto cuerpo del obediente emperador.

─ Quiero hacerte el amor ─dijo él.

─¡No! ¡Aún debes desearme con todas tus fuerzas! Solo así lograrás poseer el rojo y tierno fruto que guardo solo para ti.

 

Le tocó levemente la entrepierna, sintiendo su fuerte y duro miembro erecto y apretó con fuerza el escroto hasta hacerlo gritar. Su sumisión era total. Luego untó su ano con grasa de caballo y lo penetro con el duro mango de una daga. Ambos disfrutaban de tan excitante escena entre ordenes y gemidos.

Finalmente ella le permitió poseerla, y este lo hizo como nunca lo había hecho hasta entonces; con la furia del señor que minutos antes había sido un simple esclavo.

De esta forma nuestra emperatriz salvó su matrimonio, quién sabe si su vida, y disfrutó de un poder que nunca antes ninguna mujer del reino hubiera ni siquiera soñado.

 

L.A